Todavía
me parece oír las discusiones eternas de mi grupo en el preuniversitario. La
liga de alquizareños y artemiseños vivía en constante litigio. Unos alegábamos
ser mejores que otros sin imaginar que un día, no tan lejano, estaríamos todos
identificados por el mismo gentilicio.
¿Quién
me iba a decir que de habanera pasaría a ser artemiseña? Eso era impensable.
En
un principio me costó mucho, a todos nos costó. Lo de ser habaneros era muy
fuerte, nos hacía creernos incluso capitalinos. La gran ciudad y sus maravillas
eran nuestra identidad. A los pinareños, otro tanto. El Valle de Viñales y las
maravillas de los mogotes, el tabaco, la música de Polo Montañés, eran parte de
sus raíces.