Lo repetíamos
cada mañana sin falta. La maestra lo había enseñado un día y desde entonces no
faltó la frase ¡Seremos como el Che! al cierre de cada matutino. Era entonces
una consigna más y yo tardaría mucho en descubrir cuánto significaba, y más aún
en comprender cuán difícil sería llegar a la estatura ética y moral de un
hombre que nació en Argentina para inmortalizarse en el mundo entero.
No fue la
valía en la Sierra Maestra ni las peripecias en el Congo lo que le hicieron
grande. Ya lo era desde pequeño, cuando se sobrepuso al asma y aún en casa
aprendió con su madre las primeras letras hasta que la enfermedad lo dejó
incorporarse a la escuela con 9 años.
